03/52 — Gatos

Édgar MT
5 min readMar 29, 2022

Nunca antes tuvimos como mascota a un gato, por mi parte nunca estuve realmente interesado. Sin embargo en casa de mis padres dos de mis hermanas, a pesar de la resistencia enérgica de mi madre, alguna vez incluyeron a un par de gatos en nuestra historia familiar, por su puesto, no al mismo tiempo.

El primer felino que tuvimos fue una gata cuyo nombre oficial olvidé, los años borraron tal precisión. Lo que nunca olvidé fue a mi hermana Mayra llamarla por un apodo. Bebé.

Como mencioné antes, Bebé no era muy aceptada por mi madre. Su expresión de desagrado cuando los gatos hacían algo que no le gustaba, siempre era la misma, es decir, era un enojo particular, identificable. Si hubiera tenido la posibilidad de ver su reacción sin sonido y a la distancia, habría leído su gesto y adivinado que se trata de algún desencuentro con nuestras mascotas. No era un gesto de incomodidad o molestia como el que expresaba cuando alguno de nosotros, sus hijos, quebrábamos un plato en la cocina, o derramábamos el chocomilk sobre la mesa o raspábamos la punta de nuestros zapatos casi nuevos. Era más bien un gesto de alguien cansado de presenciar una y otra vez una conducta que ella no sabía cómo evitar, no veía un horizonte que dejara ver un cambio próximo. Sólo se vislumbraba una conducta en repetición perpetua que ella identificaba claramente. Instinto.

Bebé no estaba esterilizada y víctima de sus impulsos animales se embarazó y tuvo muchos gatitos. Lo hizo dentro del closet sobre la ropa de Mayra. Recuerdo a mi mamá enojada y a mi hermana emocionada por la cantidad de gatitos. Bebés de bebé. También se veía preocupada porque sabía que tenía que encontrarles hogar muy pronto y no parecía tener idea de cómo hacerlo.

Y nada más porque la memoria es imprecisa me animo a decir que no recuerdo más, no recuerdo cuántos gatos nacieron, a dónde se fueron, ni tiempo después qué le pasó a Bebé.

Me gustaba acariciarla. Me gustaba ver lo feroz que se comportaba cuando atrapaba a un ratón o un pájaro en el jardín. Hacía ruidos que no conocía. Emitía gruñidos internos si acaso intentaba aproximarme. Me tiraba un zarpazo si me veía intentar cruzar sus límites para quitarle el pajaro que aún luchaba por librarse. No entendí que esa era su naturaleza y creí que Bebé era más mala que animal. Eso no me gustaba.

Lo hace por instinto, era la frase que solían repetir los adultos, o los niños más grandes que ya habían sido alienados por esa sabiduría, incuestionable, por supuesto. Lo hace por instinto me sonaba como la perfecta excusa para hacer daño y no recibir castigo.

Bebé se fue, no supe cómo pero se fue y no regresó jamás.

Llegó el segundo. Fígaro. Otro gato que adoptó mi otra hermana Jesika. Lo adoptó con todo y su cola mocha cuyos dueños originales explicaron que los ratones le habían comido la mitad de su cola. Nadie cuestionó la verosimilitud de la historia y más bien la reprodujimos y modificamos cada que pudimos. ¿Ya notaron que mi gato casi no tiene cola? Al pobre se la comieron los ratones, una rata, gigante, probablemente rabiosa, su madre no lo pudo defender, dicen que maulló todos los días por un mes.

Fígaro al igual que Bebé, por instinto se subía a las sillas del comedor y se dormía. Dejaba calientito el asiento. Para mí era una sensación placentera quitarlos y luego sentarme, pero mi mamá la odiaba. Siempre renegaba de ese comportamiento de los gatos, por los pelos pero principalmente por el calorcito. Es por instinto, yo decía.

De los hijos de Bebé que no pudo (¿pudimos?) mi hermana dar en adopción quedaron dos. Un día simplemente ya no estaban en la casa. Le pidieron a un vecino que se los llevara y que los dejara por ahí.

Cuando supe esa historia, movido por mi instinto, la cuestioné ¿A dónde se los llevaron? ¿Van a morir de hambre? Las respuestas que recibí solo me respondían la segunda pregunta y apareció otra vez el instinto: No, morir no, ellos gracias a ese instinto, saben cómo buscar comida y calor. Aprenderán a vivir felices.

El impulso que los provoca a hacer cosas que no le gustan a mis papás, como calentar asientos, comer basura, parir en la ropa de mi hermana; o a mí, como matar pájaros, es también el instinto que los salva de morir. El instinto animal de los gatos es su cárcel y su libertad, problema y solución.

También hice una tercera pregunta ¿Por qué los tiraron a un lote baldío? Aunque ya supiera la causa, pero quería saber la verdad dicha por ellos. Como cuando yo echaba mentiras y me cachaban y luego me preguntaban por qué mentía. Yo sabía que ya sabían, yo sabía que no más querían mi vergüenza. Yo quería que les diera vergüenza y casi en coro dijeron, no nos quedó de otra.

No había otra opción además de esa, o en todo caso era tan inhabilitante esa situación que actuaron siendo víctimas de las circunstancias, algo que se salía de sus manos, indiscutible. Instinto animal.

Fígaro también se fue, no supe cómo pero se fue y no regresó jamás.

Le pegué a mi hermana Cinthia en la espalda hasta hacerla llorar. No era difícil. Bastaba con un testerión con mi puño pequeño para detonar sus gritos, como de ambulancia: comienzan con un volumen bajo y aumentan poco a poquito. Le pegué en venganza luego de que me molestara burlándose de mí por haberme caído torpemente en la calle. Desde entonces he tenido problemas para tolerar la humillación. Llamé a su ambulancia para que me atendiera.

No recuerdo qué pasó después con claridad, no sé si me regañaron o castigaron. Lo que sí recuerdo, más por relatos de quienes lo presenciaron que por mi propia memoria, son los hechos como una anécdota graciosa, menos por promover la violencia que por mi pericia.

Después de que le pegaste a Cinthia, ella corrió a acusarte con mamá. Cuando mamá te llamó para regañarte, te preguntó en primer lugar la razón por la que lo habías hecho, a lo que tú casi instantáneamente respondiste:

“Pues, no me quedó de otra”.

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