(06/52) I’m ok without Warhol

Édgar MT
5 min readMay 19, 2021

Me tomé la libertad de pasar dos semanas en Nueva York. No estuve más días porque no me convenía vivir el riesgo de que me corrieran de la oficina. Tampoco estuve solo, nunca he viajado solo. Estuvimos solo dos días y medio en Brooklyn, pero no puede decirse que desaproveché el tiempo.

En una de las calles de Williamsburg leímos una frase escrita sobre un mural con la cara de Andy Warhol que nos dio risa, pero con los minutos me resultó incomoda, parecía que le adjudicaban la autoría, pero bien podría haber pertenecido a cualquier artista: J. D. Salinger, Nina Simone, Frida Kahlo, o George Constanza.

Era muy similar a otra frase que años antes, una maestra de universidad nos compartió casualmente durante una clase, que decía algo como: todos los artistas tenemos un grado de locura. En un principio pensé que no me gustaba la frase porque sonaba a cliché, pero pensándolo más, descubro que la razón real fue el pesar de una idea que romantiza dolores mentales para fines y cuestiones creativas.

Cuando estuve en quinto de primaria tuve uno de los mejores maestros, probablemente el mejor que he tenido, o mejor dicho, fue el primer buen maestro de mi vida académica. También fue el primer adulto que notó que me gustaba dibujar o que tenía facilidad para hacerlo o tal vez ninguna de las dos, pero por lo menos, consideraba importante impulsar alguna tarea artística. Encontró en el dibujo un encauce a mi inquietud infantil. Como sea, sin frases ni nada, me enseñó a preguntarme: ¿Quieres contar algo con ese dibujo?

Todavía en Brooklyn, volvimos a encontrarnos con la cara de Warhol en las calles, sobre muros, pero en un formato de cartel donde se anunciaba una reciente exhibición dedicada a su obra, a la que nunca he sido muy cercano. Razón suficiente para no prestarle atención al nombre del museo que la alojaría.

Cuando estuvimos en Manhattan tuve la inquietud de visitar el Museo Whitney, leí antes del viaje que dentro de sus colecciones se encontraba trabajo de Paul Cadmus, pintor que encontré alguna vez por casualidad en internet:

En un atardecer tres marineros ebrios juguetean con tres prostitutas. Ninguno de los marineros parece prestarles atención. Están absortos en su embriaguez. Cadmus parecía estar interesado en mostrar cierto homoerotismo, sus cuerpos son musculosos y su ropa es ajustada. Uno de ellos cae en el suelo a un lado de una botella con una pose dramática, como del renacimiento.

Al llegar al Whitney, nos formamos en la fila que se organizaba para entrar al museo.

—¿Andy Warhol? —me preguntó el personal del museo.

—¿Perdón? —y apenas ahí fue donde por fin noté una versión gigante del cartel que vimos por toda la ciudad.

—Si quieren ver la exposición completa de Warhol, tienen que adquirir un boleto distinto, si no, pueden comprar el boleto normal con el que podrán recorrer todo el museo pero sólo tienen permitido ver una sala de esta exhibición especial —nos aclaró.

—Estamos bien sin Warhol, gracias —respondí por los dos con mi inglés básico.

Entramos a donde nos fue posible, cada vez más impaciente por encontrarme con las piezas de Cadmus, le compartía a mi acompañante lo emocionado que me sentía de poder verlas en vivo. Uno de los mejores beneficios de no viajar solo es compartir emoción en tiempo real.

De niño viajé a la playa, por supuesto no solo, sino con mi familia, y mis papás o algún adulto, rentaron un salvavidas gigante con un comerciante de la playa. Me metí al agua con el salvavidas puesto y me divertí por un buen rato, flotando por encima de las olas. En algún momento, por el movimiento impredecible del agua, perdí equilibrio, mi cuerpo hizo movimientos casi involuntarios para evitar caer pero igual cayó al agua por la parte interior del salvavidas y mis piernas quedaron por fuera. No encontraba manera de zafarme, mi cabeza estaba sumergida y no podía soltar mis piernas del plástico. Alcancé a sentir desesperación por no poder respirar, alcancé a sentir que aunque no viajaba solo parecía que sí. Pataleé no sé cuántos segundos. No supe cómo pero logré librarme, salí a la superficie, recuperé el aliento como pude y temía que alguien, inconsciente de la gravedad, se burlara de mí o alguien más me regañara por la preocupación, pero no había nadie. Fui yo mismo quien se salvó la vida. A los adultos les contaba la historia orgulloso de haberlo resuelto sin ayuda. Unos se preocupaban, otros no lo creían.

Tal vez suene solitario y, cuando lo piense en terapia, así lo sea, pero en ese momento el incidente me empoderó. Resolver cosas por mi cuenta.

Por fin estaba frente a ella, me di cuenta que no se trataban de tres marineros, sino dos marineros y un militar, que estaban ocupando un parque de Manhattan. Que hay unos grafitis sobre un muro del fondo y que estos continúan fuera de la pintura, sobre el marco. Me acerqué para tratar de leer lo que decían y ahora sólo puedo recordar una de las frases: Hey Evelyn, mind your own damn business. Imagino que esa frase fue escrita al azar por Cadmus, algo divertido para él, un chiste muy local que los foráneos no entendemos. Si esa frase hubiera estado a un lado del mural con la cara de Warhol que vimos antes en Williamsburg, tal vez no la recordaría.

En algún momento entramos al piso de la exposición de Warhol, incluido en los boletos comprados. Vimos vacas, vimos sopa Campbell’s, vimos Marilyn y vimos Mao. En ese momento no pensaba en las piezas, me distraía recordar la frase del mural.

Recordar esta parte del viaje años después, me hizo pensar en lo que uno se ocupa cuando más complicada se siente la vida, por ejemplo yo dibujo y cuando más insoportable se pone, dibujo y escribo. Se lo dije a mi psicoanalista, me replicó con preguntas sin respuesta. Me asusta estar más cerca de esa frase de lo que quisiera y cuando lo pienso más, desprecio categóricamente la idea. Aprisionarse con lo que normalmente libera. Si escribir es arte, también es locura, ¿entonces dibujar y escribir es sinónimo de locura multiplicada por dos? Si quisiera aprender a tocar el piano y cantar al mismo tiempo, ¿tendré que detenerme? ¿y preguntarme a escondidas de mí, si seré bueno para multiplicar por cuatro?

El día del Withney, compré un pin con una frase, esta sí oficial, de Andy Warhol: 15 minutes of fame. Palabras nada cercanas a mí hasta ese día que leímos aquella otra frase del mural, vimos distraídos pocos de sus cuadros y me hizo pensar.

Irónicamente comprar ese pin, quiere simbolizar un poco la frase que dije al personal del museo: Estoy bien sin Warhol.

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Édgar MT

Pintor e Ilustrador autodidacta. Aprendiz de escritor. GDL. www.edgarmt.com