(02/52) Cruje a la vista

Hace más de un año fui con mi acompañante a comprar plantas a Tonalá. Decidimos comprar allá porque aquí es mucho más caro. Compramos muchas. Helechos, crotos y sabrá qué otros nombres tendrán las demás. Y aunque también compré muchas macetas no me di cuenta que no eran suficientes para todas.

De regreso llegamos a casa de mi acompañante y ahí dejé todas mis plantas y macetas. Pasaron meses antes de que decidiera organizarme con él para llevarlas a mi departamento. Un par murieron, otras las trasplantó cuidadosamente a algunas de mis macetas. Muchas gracias, quisiera decirle. No sé porqué tardé tanto en ir por ellas. ¿Qué opinas al respecto? Quisiera preguntarle.

Recuerdo a la de hojas alargadas y torcidas, que me hacía pensar en la forma de esas papas fritas enrrolladas al rededor de un palo de madera. Una hoja delgada, verde oscura con manchas, que se enchinaba como espiral desde su columna central. Olvidamos el nombre real y la bautizamos con el nombre de esa botana. Espiropapa.

Debido al nombre es que tengo muchos recuerdos de mi acompañante contándome sobre el estado de esa planta. Que si entristeció, que si sus hojas se hicieron amarillas, que la trasplantó, que reverdeció.

No fueron todas pero la mayoría de las plantas me las traje a mi departamento alguna vez que sentí que ya habían pasado demasiado tiempo en su casa, cuando sentí que ya eran más de él que mías.

El resto que no me traje se las regalé sin decirle, las aceptó sin responderme.

Les afectó el cambio. Las pasé de su maceta de plástico delgado a una maceta de barro más grande y fuerte. Dos de ellas murieron, pero su muerte valió la pena. Dieron su vida para que yo ignorante de los espacios preferidos de las plantas para crecer y ser felices, los conociera y respetara.

La planta verde oscura de hojas pequeñas y arrugaditas que se veía muy feliz en el escritorio de mi habitación, murió cuando la planté en una maceta de pared y la moví al baño.

Otra planta verde con manchitas rosadas, vivió conmigo muchos meses en su maceta grande de plástico. Me frustraba que no creciera, siempre pensaba en comprar otra maceta y mudarla a una nueva casa de barro crudo. Han pasado ocho días desde que la trasplanté por fin. Le oxigené las raíces, le agregue de otra tierra de composta llena de nutrientes, según el vivero. Le dí suficiente agua y la vigilé todos los días por la mañana. No sólo no creció sino que murió. Sus hojas se deshidrataron de a poco, crujía a la vista.

Me di cuenta que ahora tenía más macetas vacías que plantas vivas.

Un día nos dejamos de acompañar y nos regresamos las cosas que luego uno acumula de la otra persona. Porque son cosas que hay que regresar a su dueño, pero principalmente porque no se quiere conservar pretextos de contacto potencialmente incómodo. Que si la playera, que si las llaves, que si la bocina, que si la piedra de afilar cuchillos que compramos en el mercado para compartirla cuando nuestros cuchillos se sintieran chatos.

Todo se secó igual. Si nos hubieran visto, nos habrían escuchado crujir.

Poco después comencé a preguntarme cómo estará la espiropapa, si seguirá creciendo torcida, con sus manchitas sobre sus hojas brillosas. Si seguirá viéndose un poco desordenada, fuerte.

Creció muy bonito en su casa, eso sí. Qué ahí se quede.

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Pintor e Ilustrador autodidacta. Aprendiz de escritor. GDL. www.edgarmt.com

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